
Mahsa Amini tenía 22 años, viajaba con su familia y llevaba el hiyab puesto cuando la policía de la moral la detuvo en Teherán, la capital de Irán. Tres días después estaba muerta. Lo que el régimen iraní intentó presentar como una muerte natural se convirtió, según una investigación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en un caso documentado de violencia bajo custodia estatal. Y lo que debía ser un arresto rutinario desató el mayor movimiento de protesta desde la revolución islámica de 1979.
Era el 13 de septiembre de 2022. Amini había llegado a la capital desde la provincia occidental de Kurdistán para visitar a unos parientes. La detuvieron por supuestamente no cumplir con las normas de vestimenta obligatoria que rigen para las mujeres iraníes desde la revolución islámica. Su familia le dijo a la prensa internacional que estaba sana, que no tenía ningún problema de salud previo a la detención. Testigos declararon que fue golpeada dentro del vehículo policial. La policía lo negó.
A su familia le dijeron que la soltarían después de una “sesión de reeducación”, según consignó entonces el diario británico The Guardian citando a la organización iraní de derechos humanos Hrana. En cambio, horas después de su arresto, les avisaron a los parientes que estaba internada en el hospital Kasra. Llegó en coma. El personal médico les informó que tenía muerte cerebral. Las fotografías de Amini inconsciente, con vendajes en la cabeza y tubos de respiración, circularon por las redes sociales y sacudieron a Irán.

Las autoridades iraníes atribuyeron la muerte a un ataque cardíaco. El médico forense del Estado señaló que tenía condiciones médicas preexistentes. Pero una misión de investigación de la ONU llegó a una conclusión distinta y documentada: estableció “la existencia de pruebas de trauma en el cuerpo de Amini, infligido mientras estaba bajo custodia de la policía de la moral”, según publicó la BBC.
Ese hallazgo, sumado a los patrones de violencia registrados en esa fuerza, llevó a la misión a concluir que Amini fue sometida a violencia estatal que causó su muerte. Irán no respondió de forma inmediata al informe y mantuvo su posición de siempre: negar cualquier responsabilidad.
La ONU también determinó que Amini había sido trasladada al centro de detención Vozara para recibir una “clase de reeducación”, pero que colapsó a los 26 minutos de llegar. Recién 30 minutos después fue llevada al hospital, de acuerdo con lo que informó la BBC. Murió el 16 de septiembre de 2022. Hace cuatro años.

Para entender lo que pasó después de su muerte, hay que entender el sistema que la mató. Irán lleva más de cuatro décadas gobernado por una teocracia islámica instaurada tras la revolución de 1979, que transformó al país de una monarquía aliada de Estados Unidos en una república islámica antioccidental. Desde entonces, el uso del hiyab es obligatorio para todas las mujeres.
El presidente de entonces Ebrahim Raisi había firmado, apenas semanas antes de la detención de Amini, un decreto que endurecía las penas por violar el código de vestimenta, tanto en espacios públicos como en las conversaciones mantenidas por Zoom o plataformas similares. El 12 de julio de ese año el régimen había declarado el “día del hiyab y la castidad”, y desde entonces las detenciones de mujeres se multiplicaron en todo el país.
El poder real descansa en el líder supremo que por entonces era Ali Jamenei, quien ocupó el cargo desde 1989 hasta que murió en febrero de 2026 producto de un bombardeo conjunto de Estaos Unidos e Israel sobre la capital iraní. Fue reemplazado por su hijo Mochtabá Hoseiní Jamenei.

Por debajo del líder supremo operan 17 instituciones de seguridad y militares, entre ellas el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que según el abogado iraní Saeed Dehghan —miembro de la Asociación Internacional de Abogados— contribuyen a estabilizar al régimen “ejerciendo un control estricto sobre la sociedad, llevando a cabo arrestos masivos, empleando violencia física y psicológica contra los manifestantes e incluso recurriendo al uso de armas pesadas para suprimir la disidencia”, según declaró en el momento del asesinato a la emisora alemana DW.
El funeral de Amini se realizó en su ciudad natal, Saqqez. Ahí comenzó todo. Las mujeres se arrancaron el hiyab en señal de solidaridad. Las manifestaciones se extendieron por todo el país con una velocidad que tomó por sorpresa al régimen: mujeres quemando sus velos, hombres marchando junto a ellas, y una consigna que se volvió global: “Mujer, Vida, Libertad”.
Las protestas escalaron rápidamente hacia un cuestionamiento más profundo del sistema. Ya no se trataba solo del hiyab: se pedía el fin de la teocracia. Fue el período de agitación más prolongado que Irán había atravesado desde la revolución.

La respuesta del régimen fue brutal. Jamenei aplicó su fórmula habitual: aplastar la disidencia, dividir a los opositores y no ofrecer ninguna concesión, porque ceder bajo presión, en su lógica, solo proyecta debilidad. Las fuerzas de seguridad usaron escopetas, fusiles de asalto y subfusiles contra los manifestantes, cometiendo lo que la ONU calificó como “homicidios ilegales y extrajudiciales”. El informe de la misión también documentó que los manifestantes eran baleados intencionalmente en los ojos, una práctica que, según el organismo, funcionaba como una forma de “marcar” a los protestantes de manera permanente.

Más de 500 personas murieron. Unas 22.000 personas fueron detenidas, según organizaciones de derechos humanos, cifras que recogieron los medios de comunicación. Varios de los detenidos fueron ejecutados.
El informe de la ONU que publicó la BBC incluyó testimonios que describen una dimensión de la represión que el régimen nunca reconoció: la violencia sexual sistemática contra detenidos. Las fuerzas de seguridad caracterizaron las demandas de las mujeres como una “disposición a desnudarse” y usaron esa narrativa para justificar agresiones.
“Algunos de los detenidos enfrentaron violencia sexual, incluyendo violación, violación con objetos, amenazas de violación, electrocución en los genitales, desnudez forzada, manoseos y otras formas de violencia sexual”, señaló el informe de la ONU.

El documento incluye el caso de una manifestante detenida en noviembre de 2022 en la provincia de Kermanshah, llevada a un centro de detención no oficial y violada por agentes masculinos mientras una agente femenina la inmovilizaba. Sara Hossain, presidenta de la misión de investigación de la ONU, calificó estos actos como parte de “un ataque generalizado y sistemático dirigido contra la población civil”.
Las manifestaciones se apagaron a principios de 2023, pero algo había cambiado de forma visible e irreversible. Miles de mujeres iraníes, especialmente las más jóvenes y las que viven en ciudades, dejaron de usar el hiyab en público, desafiando a las fuerzas de seguridad y a la policía de la moral, la misma que había detenido a Amini, según relató en aquel año DW.
El régimen respondió con una nueva campaña de persecución durante el verano de ese año, pero no logró revertir la tendencia. La periodista iraní Hedieh Kimiaee lo explicó en declaraciones al medio alemán: “La ira que las mujeres iraníes han cargado durante años, y el asesinato de Jina Mahsa Amini la sacó a las calles”. Y agregó: “La generación Z tomará esta lucha aún más en serio, ya que esta generación indignada ve su libertad en el derrocamiento de la República Islámica y está decidida a lograrlo”.

En octubre de 2023, el Parlamento Europeo le otorgó el premio Sájarov —el reconocimiento más importante de la Unión Europea en materia de derechos humanos— a Amini y al movimiento Mujer, Vida, Libertad. La presidenta del Parlamento, Roberta Metsola, dijo que el día de su muerte “pervivirá en la infamia” y calificó lo ocurrido como un “brutal asesinato”. “El mundo ha escuchado los gritos de ‘mujer, vida, libertad’. Tres palabras que se han convertido en un grito de guerra para todos los que se alzan por la igualdad, la dignidad y la libertad en Irán”, declaró Metsola.
Ebrahim Raisi, el presidente que había firmado el decreto que endureció el código de vestimenta semanas antes de la muerte de Amini, murió en mayo de 2024 en un accidente de helicóptero. Lo reemplazó Masoud Pezeshkian, considerado relativamente moderado. Pero el cambio de cara no implicó un cambio de sistema: solo en agosto de 2024 fueron ejecutadas alrededor de 100 personas, y al menos seis presos políticos fueron condenados a muerte.
Freedom House, organización no gubernamental con sede en Washington, Estados Unidos, calificó a Irán como “No Libre” en sus índices de libertad y exigió en septiembre de 2023, cuando se cumplió el primer aniversario de la muerte de la joven, que la comunidad internacional imponga sanciones específicas a los líderes del régimen y amplifique las demandas del pueblo iraní.

Dentro del país, la figura de Amini sigue generando tensiones. Un simpatizante del régimen la insultó en televisión estatal, lo que provocó tal oleada de repudio en redes sociales que tanto él como el productor del programa tuvieron que disculparse públicamente. La presión popular logró además que ese hombre fuera destituido de su cargo universitario, según consignó DW en 2024.
Dehghan, el abogado iraní, resumió ante el medio alemán lo que Amini representa para muchos en su país: el símbolo de todas las mujeres que a lo largo de la historia contemporánea de Irán pelearon por sus derechos, desafiando la represión y la muerte. Kimiaee, por su parte, fue más directa: “Los crímenes de la República Islámica contra el pueblo iraní continúan sin cesar” y cualquier nuevo hecho intolerable, dijo por entonces, podría volver a llevar a los iraníes a las calles.




