
Frenar, bajar la ventanilla, descubrir que no tenés efectivo. Estacionar a un costado para ir a pagar por transferencia a una oficina. El billete arrugado que va y vuelve, va y vuelve. La fila eterna un lunes a la mañana, mientras adentro de la cabina -con aire acondicionado, a veces con un compañero que literalmente le hace compañía- hay una persona que no puede hacer nada por vos.
Y ahí está el punto: el peajista no puede hacer mejor su trabajo, porque lo que queremos es que no lo haga. No queremos un peajista más rápido, más amable, más eficiente. Queremos no frenar.
Película repetida
Ya vivimos esta historia. El ascensorista, frente a la automatización, se peinó, empezó a perfumarse, se compró un traje, se aprendió los nombres de todos los pasajeros. Perdió el trabajo igual: lo hacía cada vez mejor, pero era un trabajo que la tecnología estaba destruyendo. Perfumarse no es adaptarse. El peajista está peor que aquel ascensorista: ni siquiera tiene forma de hacerlo mejor.
En septiembre de 2005, Facundo Moyano “logró ingresar” como cajero en el peaje de Hudson, en la autopista Buenos Aires–La Plata. Las comillas no son mías: así lo cuenta la historia oficial del SUTPA (Sindicato Único de Trabajadores de Peajes y Afines) en su propio sitio. Logró ingresar. A una cabina de peaje. ¿Conocés a alguien más que haya logrado entrar a una? De las cabinas, la gente logra salir.
Cuando Moyano entró a Hudson, el Telepase ya existía. La fila de al lado ya pasaba sin frenar. No hacía falta ser futurólogo para ver el destino de la cabina: hacía falta mirar por la ventanilla.
En febrero de 2024 publiqué “Los sindicatos van a desaparecer”. Me criticaron mucho, casi siempre sin leerlo: con el título alcanzaba, porque de eso no se habla. Justamente por eso hay que hablarlo.
¿Por qué la convicción? Porque cada vez más gente elige trabajar por su cuenta buscando libertad e independencia, pero también porque la automatización y la IA se llevan las tareas repetitivas, dejándonos a todos con tareas diferentes… Y si nuestras tareas son distintas, el valor que damos es diferente y somos, entonces, más valiosos frente al empleador.
No necesitaremos sindicatos, es la buena noticia. Hace poco la OCDE lo midió en un informe cuyo título lo dice todo: “Standing, but losing ground” (“De pie, pero perdiendo terreno”). La afiliación sindical se redujo a la mitad desde 1985, del 30% al 15%.
Veinte años de conquistas, cero reconversión
La historia oficial del SUTPA enumera sus logros: equiparación de categorías, blanqueo, nocturnidad, torneos de fútbol, vóley y ping-pong, kit escolar para los hijos, regalos por luna de miel.
Buscá en esa lista la palabra “reconversión”. Buscá “capacitación”. Buscá algo que prepare a un solo trabajador para el día en que la cabina no esté. No tengo dudas de que algo intentaron hacer, pero siempre enfocándose en el puesto, lo que le da sentido al Sindicato, en lugar de la persona.
La provincia de Buenos Aires anunció la eliminación de los peajes físicos. En la Autovía del Mercosur ya demolieron las cabinas: la nueva concesionaria tomó al 30% del personal. El sindicato que durante veinte años defendió la cabina nunca preparó al que estaba adentro. Defendió el puesto, no a la persona.
El cambio no es optativo
No lo fue para el ascensorista. No lo es para el peajista. No lo será para el administrativo que hoy copia datos de una pantalla a otra.
Ese administrativo fui yo. Mi primer trabajo fue en la DGI (no se llamaba ARCA, ni siquiera AFIP), ordenando declaraciones juradas por número de CUIT. Era cada vez más rápido; mis compañeros me odiaban. No importaba: el puesto iba a desaparecer igual, gracias al Excel y las bases de datos. Ordenar papeles por CUIT era mi cabina de peaje. En todas las empresas hay cabinas de peaje. En general no cobran, pero frenan: alguien aprueba un formulario que nadie lee, alguien copia datos de un sistema a otro, alguien imprime para tipear, alguien firma para “dar fe” de algo que el sistema ya sabe. Cuanto más tiempo pasa, más cabinas hay: cada sistema nuevo, cada control agregado “por las dudas”, deja la suya.
Cada vez es más valioso el algoritmo EAT: Eliminar, Automatizar, Tercerizar -en ese orden-. Muchas empresas se traban en la segunda: calculan el costo de automatizar una tarea sin preguntarse primero si la tarea merece existir. Automatizan cabinas que había que demoler, con tecnología que cada año cuesta menos.
Mal de muchos…
Hagamos la cuenta que nadie hace. Solo en Buenos Aires y sus accesos, más de un millón de vehículos por día pasan por un peaje. Sin automatización serán mínimo veinte segundos por pasada, siendo generosos con la cabina: sin fila, sin billete arrugado, sin “¿no tenés cambio?”. Son dos millones de horas por año que ganamos gracias a la automatización, solo en el área metropolitana, sin contar las rutas del resto del país.
Repartido, es poco: unas cuatro horas por año por conductor. Cuatro horas tuyas contra el sueldo entero de un peajista. Puesta así, uno contra uno, la cuenta parece obvia: hay que proteger la fuente de trabajo. Puesta así, la automatización pierde siempre.
Mancur Olson lo explicó en 1965, en “La lógica de la acción colectiva”: las pérdidas concentradas se organizan; los beneficios difusos, no. Tus veinte segundos no tienen dirigente que los defienda; el puesto que desaparece, sí. Nadie corta una autopista por llegar veinte segundos tarde.
El cambio tecnológico funciona siempre igual: mejora un poco la vida de muchos y empeora mucho la vida de los pocos que se resisten. Por eso a los que se resisten los escuchamos más fuerte. Pasa en los peajes, pasa en las empresas, pasa en países enteros.
Moyano tiene mandato hasta 2029. Para entonces, ¿cuántas cabinas van a quedar? ¿Alguien va a “lograr ingresar” a un peaje para disputarle la conducción? Todo indica que va a ser el último secretario general del sindicato de un trabajo que ya no existe.
Las cabinas, como todo trabajo repetitivo o aburrido, van a desaparecer.




