El frente externo de la economía argentina continúa exhibiendo una solidez que constituye uno de los principales activos del programa económico. El balance cambiario de julio volvió a arrojar un resultado positivo, aunque un examen detenido revela matices que conviene analizar, porque anticipan dónde estarán las tensiones en el horizonte más próximo.
La fotografía del séptimo mes es favorable, pero la película que se avecina, con el 2027 electoral como telón de fondo, plantea desafíos que ya empiezan a insinuarse.
La cuenta corriente cambiaria fue superavitaria por cuarto mes consecutivo, lo que confirma la fortaleza estructural del sector externo. No obstante, el saldo resultó considerablemente inferior al de un año atrás, con US$413 millones frente a los U$1374 millones de julio de 2025. La clave de ese resultado sigue estando en los bienes, cuyo balance alcanzó los US$4077 millones, impulsado sobre todo por las exportaciones, que treparon a su máximo del año con US$10.074 millones.
En sentido contrario operaron el déficit de servicios, que se ubicó en unos US$900 millones, prácticamente idéntico al del mismo mes de 2025, y el rojo del ingreso primario, que alcanzó los US$2772 millones y se explica en gran medida por el pago de intereses de la deuda del Tesoro.

La cuenta financiera, por su parte, mostró la mejora más notable del mes, al cerrar con un superávit de US$2191 millones, en contraste con el resultado negativo de US$2434 millones que había registrado en julio de 2025.
Tres factores explicaron ese giro favorable. El más relevante fue el ingreso de préstamos garantizados por organismos internacionales, por US$3200 millones. A ello se sumaron las operaciones del sector financiero, por US$1230 millones, y la oferta neta de divisas del gobierno general, excluido el Tesoro, por US$1014 millones, originada en la venta de fondos que se encontraban depositados en el mercado local.
Ese resultado positivo, sin embargo, convivió con dos señales que merecen atención por lo que anticipan de cara al futuro. La primera es que la línea de préstamos financieros, títulos de deuda y líneas de crédito, que fue determinante desde fines de 2024, cuando aportó 15.419 millones de dólares en todo el año pasado y 11.710 millones en lo que va de 2026, redujo de manera notoria su ritmo desde junio.
Con un saldo neto de apenas US$966 millones en julio, en los últimos dos meses ese ingreso promedió US$963 millones, prácticamente la mitad de los 1969 millones mensuales que había aportado entre enero y mayo. El financiamiento externo del sector privado, en otras palabras, empezó a perder fuerza.
La segunda señal es más elocuente aún, y remite a la conducta de los ahorristas. La compra de billetes y divisas sin fines específicos por parte de las personas humanas dio un salto hasta los US$3461 millones, cuando en el primer semestre había promediado 2553 millones.
Se trató del valor más elevado desde octubre de 2025, en plena tensión cambiaria y electoral de aquel momento. Conviene aclarar que ese concepto no refleja únicamente el atesoramiento, sino que incluye otros usos como el pago de importaciones y los gastos de turismo. Aun descontando esos componentes, el monto destinado específicamente al ahorro alcanzó unos US$2000 millones, prácticamente el doble del promedio mensual de la primera mitad del año, con un incremento del 85%.
Para lo que resta de 2026, el panorama más probable es una continuidad de lo observado hasta ahora. La cuenta corriente debería mantenerse en terreno positivo, apuntalada por un abultado superávit de bienes que se explica por los términos de intercambio en niveles récord, un buen desempeño exportador en materia de cantidades y unas importaciones que todavía no repuntan.
La cuenta financiera, por su parte, seguiría en positivo, sostenida por el respaldo de los organismos internacionales y por el acompañamiento del sector privado. El equilibrio, en suma, luce asegurado para los próximos meses.

El verdadero desafío se presentará en 2027, y allí conviene concentrar la mirada. La cuenta corriente volvería a arrojar un saldo positivo en términos de caja, aunque algo menor, pero la incógnita principal reside en la cuenta financiera.
Si bien el Tesoro ya presentó su programa financiero para el próximo año, el esquema descansa sobre algunos supuestos que lucen optimistas. Habrá que seguir de cerca dos variables del sector privado que pueden inclinar la balanza en uno u otro sentido.
La primera es la liquidación de divisas por obligaciones negociables y préstamos, que fue central desde fines de 2024 pero que, como se señaló, perdió impulso en los últimos meses. La segunda es la demanda de dólares por parte de los privados, que en los años electorales tiende a crecer y que ya mostró un aumento en julio.
Un ejercicio de proyección permite dimensionar ese último riesgo. De sostenerse el nivel de demanda de divisas para ahorro observado en julio, el monto anual rondaría los US$24.000 millones. Conviene, de todos modos, poner esa cifra en perspectiva, porque resulta acotada si se la compara con lo demandado en septiembre y octubre de 2025, cuando el atesoramiento alcanzó los US$4600 millones y los US$3500 millones respectivamente, en el marco de las elecciones legislativas de ese año.
La contienda de 2027, al tratarse de una elección presidencial, podría generar una presión incluso mayor sobre la demanda de cobertura, un factor que conviene tener presente.
El frente financiero, en tanto, ofreció durante la semana señales alentadoras que ayudan a descomprimir el cuadro. El riesgo país volvió a perforar los 500 puntos básicos, en un contexto internacional de suba de tasas. Ese movimiento permitió compensar parte del deterioro de agosto, cuando el indicador argentino había trepado 80 puntos por factores predominantemente internos, mientras la prima de riesgo regional apenas se movía.
A comienzos de septiembre, en cambio, la dinámica se revirtió a favor del mercado local, ya que el riesgo argentino cayó con fuerza mientras el regional permanecía casi estable. Tras la suba de agosto, con rendimientos que superaron el 10%, reaparecieron los compradores para la deuda soberana, aunque el regreso a los 400 puntos de comienzos de julio sigue condicionado por la incertidumbre local y por un entorno global más adverso.
En materia de política económica, se adoptó una combinación de decisiones que no se veía de manera simultánea desde hacía tiempo. Compró reservas y liberó algo de liquidez. Ese giro comenzó a reflejarse en la última licitación, en la que, si bien el sesgo de la política monetaria continúa siendo contractivo, se volcaron al mercado unos $500.000 millones, una cifra modesta pero positiva en relación con las subastas previas.

La secuencia de efectos fue ordenada, ya que primero comprimieron las tasas de interés y luego el tipo de cambio comenzó a ceder de manera gradual, con una baja semanal del 0,4%.
El Banco Central, por su parte, sostuvo su condición de comprador en el mercado, aunque a un ritmo más moderado. Adquirió US$81 millones en las primeras cuatro ruedas de septiembre, frente a los US$95 millones del mismo lapso de agosto. Más allá del menor volumen, el dato relevante es que la entidad logre mantener el sesgo comprador aun en un período de baja estacionalidad por el lado de la oferta de divisas.
En definitiva, el frente externo conserva por ahora un equilibrio favorable, pero su sostenibilidad hacia 2027 dependerá tanto del cumplimiento de los supuestos del programa financiero como de la respuesta del sector privado en un año signado por el calendario electoral. La firmeza actual es real, pero la verdadera prueba, como tantas veces en la economía argentina, quedará para el año que viene.
(*) Federico Pablo Vacalebre es profesor de la Universidad del CEMA.




