
La riqueza mundial alcanzó un nuevo récord en 2025. El balance global —que reúne activos, pasivos y riqueza— llegó a casi US$1.8 cuatrillones, mientras que la riqueza de los hogares alcanzó US$570 billones. Sin embargo, detrás de estas cifras hay una señal de alerta: la riqueza está creciendo más rápido que la economía real.
El informe del McKinsey Global Institute, The global balance sheet 2026: Imbalance and divergence, muestra que una parte cada vez mayor del crecimiento de la riqueza proviene del aumento en el valor de activos que ya existen, y no de nuevas inversiones que permitan producir más. En otras palabras, activos como inmuebles, acciones y otros bienes aumentaron su valor y elevaron el patrimonio de sus propietarios, sin que esto signifique necesariamente que la economía esté ampliando su capacidad para producir bienes y servicios.
En 2025, apenas 20% del crecimiento de la riqueza de los hogares provino de la formación de nuevo capital real.

Esto importa porque la riqueza y la economía real están estrechamente conectadas. Cuando el valor de las acciones, los inmuebles u otros activos aumenta durante mucho tiempo más rápido que la capacidad de la economía para generar ingresos, puede producirse una desconexión. El capital puede terminar concentrándose más en activos que ya existen que en inversiones capaces de ampliar la producción y sostener el crecimiento futuro.
El informe advierte, además, que esta dinámica puede volver más vulnerables a las economías. Una corrección puede producirse de distintas maneras: a través de una inflación que reduzca el valor real de las deudas, de una caída en el precio de los activos o, en el escenario más favorable, de un aumento de la productividad.

No se trata simplemente de acumular más activos, sino de asegurar que el crecimiento de la riqueza esté acompañado por inversiones que aumenten la capacidad productiva del país.
Eso supone avanzar en infraestructura, capital físico, tecnología, innovación y capacidades que permitan producir más y mejor.
Desde esa perspectiva, el debate para el Perú no debería centrarse únicamente en cuánto aumenta el valor de sus activos, sino en cuánto de ese crecimiento se traduce en nueva capacidad para producir, invertir y generar ingresos. La pregunta es especialmente relevante en una economía que necesita elevar su productividad y sostener el crecimiento más allá de los ciclos de precios de los activos, como los minerales.

Para McKinsey, el aumento de la productividad es la salida más saludable para corregir los desequilibrios entre riqueza, deuda y economía real. La razón es sencilla: una economía que produce más y genera mayores ingresos reales puede sostener el valor de sus activos sin depender de una inflación que reduzca el peso de las deudas o de una caída en los precios de los activos.
La productividad, por tanto, adquiere una importancia que va mucho más allá de mejorar la eficiencia de las empresas. Se convierte en una condición para sostener el valor de la riqueza y reducir los desequilibrios acumulados. El desafío es aprovechar mejor los activos que ya existen y, al mismo tiempo, aumentar la inversión en infraestructura, maquinaria, tecnología, propiedad intelectual y otros activos productivos que permitan generar más producción y mayores ingresos.





