La creciente variabilidad de las precipitaciones y los marcados contrastes térmicos imponen un reto constante para la agricultura de secano en las distintas regiones productivas de la Argentina.
Frente a un escenario climático donde la oferta hídrica condiciona la sustentabilidad de las empresas agrícolas, el manejo agronómico preciso se convierte en la principal herramienta de mitigación del riesgo.
Un estudio conducido por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) San Luis analizó el comportamiento de cuatro de los principales cultivos de verano —maíz, sorgo, soja y maní— para evaluar cómo responden sus componentes de rendimiento ante gradientes ambientales contrastantes.
El trabajo experimental se extendió durante dos campañas agrícolas consecutivas en tres nodos geográficos de la franja central del país, abarcando desde ambientes húmedos hasta zonas subhúmedas y semiáridas.
La investigación buscó determinar el impacto directo de la disponibilidad hídrica y radiativa sobre la acumulación de biomasa y la fijación de granos, ofreciendo datos de valor estratégico para el diseño de rotaciones y la elección de las ventanas de implantación.
Las mediciones permitieron constatar que el rendimiento final en grano experimenta una merma directa e invariable a medida que se acentúa el grado de aridez ambiental y disminuye la lámina de agua disponible en el perfil del suelo.
En la mayoría de las especies analizadas, la acumulación de biomasa aérea se consolidó como el factor determinante para explicar las variaciones cuantitativas registradas en la cosecha.
Al respecto, Maximiliano Riglos, investigador del Grupo de Producción Agrícola del INTA San Luis, remarcó que las diferentes respuestas observadas responden a dinámicas fisiológicas particulares: “Para cubrir un amplio gradiente ambiental, se analizaron dos campañas contrastantes: 2016/2017 y 2017/18, dos fechas de siembra: tempranas y tardías, y 3 regiones: húmeda, subhúmeda y semiárida.
En cada caso se midieron variables como el rendimiento, la biomasa aérea, el índice de cosecha, el número de granos y el peso individual, en relación con la oferta hídrica y radiativa”, precisó el especialista.

Estabilidad y sensibilidad según el cultivo
Los datos obtenidos reflejaron comportamientos sumamente heterogéneos entre las especies evaluadas.
El sorgo se posicionó como el cultivo con mayor estabilidad productiva ante escenarios climáticos adversos.
Su estructura y fisiología le permitieron sostener pisos de rendimiento aceptables frente a picos de alta demanda evaporativa y severa restricción de humedad, superando en tolerancia al resto de los granos.
Sin embargo, en ambientes con oferta hídrica óptima o sin limitantes severas, el potencial de productividad del sorgo se ubicó en términos generales por debajo de los techos alcanzados por el maíz.
En el extremo opuesto del espectro de respuesta, el maní se caracterizó por registrar el mayor grado de sensibilidad ante los cambios ambientales.
Las parcelas evaluadas evidenciaron marcadas caídas en el volumen cosechado tanto en situaciones de aridez extrema durante su período crítico como ante episodios de exceso de agua o descenso abrupto de las temperaturas durante la etapa de llenado de grano.
Por su parte, la soja y el maíz mostraron una alta capacidad de respuesta ante la oferta de insumos y agua, pero con esquemas de vulnerabilidad diferenciados según la ventana de siembra elegida y la ocurrencia de estrés en sus momentos definitorios.

El comportamiento diferencial de cada especie confirma la imposibilidad de aplicar recetas genéricas para las regiones agrícolas del país.
Frente a la incertidumbre climática, la sincronización entre el período crítico de los cultivos y los momentos de mayor probabilidad de lluvias se presenta como la decisión central para reducir la brecha entre los rendimientos potenciales y los logrados a campo.
En ese sentido, Riglos enfatizó la necesidad de adaptar el esquema de manejo a cada ambiente productivo: “Las especies emplean estrategias distintas para generar rendimiento bajo estrés. Por lo tanto, ante estas diferencias, resulta indispensable diseñar prácticas agronómicas específicas y ajustar la oferta de recursos local a la demanda de cada especie en cada región, para así reducir los riesgos productivos”.
De este modo, la integración de la fecha de siembra, la densidad de plantas y el conocimiento profundo de la capacidad de reserva del suelo constituyen la base para estabilizar la producción de granos en la región central.




