Como tantas otras producciones en la geografía de nuestro país, la ovina en la Patagonia es mucho más que un negocio que puede marchar bien una campaña y mal otra. Se trata de arraigo, legado, permanencia, familia, historia y tradición. Por eso, cada 15 de septiembre, fecha en que se conmemora el Día del Productor Lanero, es la excusa para semblantear no sólo cómo está el negocio, sino también cómo están sus protagonistas, los y las que llevan adelante desde el terruño. Siete productores laneros patagónicos, de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, comparten rindes y precios, así como miedos e incertidumbres, preocupaciones y soluciones.

La reducción del stock ovino argentino ha sido drástica, pasando de un rebaño de 48 millones de cabezas a mediados del siglo pasado a los 12 a 14 millones de la actualidad, concentrados principalmente en Patagonia. Chubut es la principal provincia ovejera con poco más de 3 millones de cabezas, le sigue Santa Cruz con alrededor de 2 millones (aunque supo tener 6 millones de ovejas), Buenos Aires tiene 1,8 millones de ovinos (aunque más pensando en carne que en lana); en tanto que Río Negro y Corrientes tienen 1 millón de cabezas cada una.

Clima (fríos extremos como la nevada del siglo en 1995 y falta de recursos para suplementar y no tener pérdidas irreparables), avance petrolero (que paga mejor), falta de mano de obra o legado que continúe la actividad, bajos precios y/o altos costos, elección de lo sintético por sobre lo natural y hasta la erupción del volcán Hudson en 1991, que provocó la pérdida de 1,5 a 2 millones de ovejas en Santa Cruz. A pesar de todo, muchos de ellos siguen allí. Aferrados a ese pedazo de historia familiar o a lo que les queda del negocio. Otros han podido muñirse de buena genética y tecnologías de manejo que les permiten obtener lanas de calidad y subirse al incipiente negocio de los bonos de carbono.

¿Cómo está el negocio?

Eduardo Halliday es tercera generación de productores ovinos nacida en el país, a la que hay que sumar los primeros de la familia que vinieron de Malvinas y a su padre, que había venido de Escocia. Hoy, Halliday, su mujer, Silvina Puig Halliday, sus hijos y nietos continúan ese legado en la Estancia Los Pozos, en Santa Cruz. “Por aquí ya estamos esquilando y la zafra pinta buena, con mejor rinde que el año anterior, muy buen desarrollo de fibras, buena estructura de vellones y de excelente color, también mejor en peso”, contó a Bichos de Campo. Respecto de los valores, dice que continúan importantes subas y “habrá que ver si las laneras locales están a la altura de los precios que está manejando el mercado internacional”.

Mariángeles del Río, desde chica, vio trabajar y aprendió las tareas de su padre, Carlos del Río, pero ella estudió y se recibió de profesora de danza, hasta que en 2020 falleció su padre repentinamente y asumió junto a su madre el trabajo que hacía su padre como encargado de Ototel Aike, la estancia que es propiedad de su tío José del Río. “Si me guío por lo climático creo que vamos a tener un buen año de rindes y señaladas, y en cuanto al precio, para la calidad de lana que manejamos, creería que nos va a ir bien, la gran incertidumbre es cómo esté el país los próximos meses, es un día a día, y hay que ver cómo nos manejamos de acá a que se venda la zafra”, opinó Del Río.

Erwin Anderson, tercera generación de productores ovinos en la estancia Cerro Bombero, a 70 kilómetros de Puerto San Julián, coincide, como todos, en que “el negocio lanero pensando en los valores históricos en dólares está bien: las lanas en Argentina se están vendiendo un 12% a 30% por debajo del mercado de referencia que es el australiano, según calidad, finura, rinde y certificación”. En su zona, en las esquilas preparto que ya se hicieron, las lanas se vieron muy bien, pese a la seca de la primavera, verano y otoño, con una pequeña merma de unos gramos por cabeza con respecto al año anterior.

Desde su campo en Península de Valdés, Chubut, allí donde cada año llegan las ballenas, con unos 1300 animales (1000 ovejas en servicio), Mirian Echave, agrónoma, tercera generación de productores (“espero que mi hija sea la cuarta”, dice), también cuenta su historia y analiza el presente: “Mi abuelo vino en 1898, hijo de un vasco, llegó a Patagones y después vino con su hermano Antonio para esta zona, donde por entonces no había nada”.

“En Chubut la zona central está extremadamente complicada, se han vaciado muchos campos, un poco por la instalación de molinos para energía eólica, otro por falta de recambio generacional y otro tanto por el avance de pumas y predadores, pero yo estoy en la costa, y para mi zona este año lo veo bien, con buenos precios y buena producción, yo ya esquilé; tuvimos lana muy limpia y linda”, contó a este medio Echave, quien trabaja con merinos multipropósito (MPM), hace un manejo holístico y trata de “estar al día con lo último de tecnología”.

“Hay poca lana en el mundo, y hay una lenta, pero cada vez mayor vuelta a las fibras naturales, amigables con el medio ambiente y no asociadas a la moda rápida, por eso, esta temporada auguramos buena demanda de lanas certificadas de calidad y buenos valores”, resumió Ricardo Fenton, quien hasta el 2000 participó de la administración de la estancia familiar, Monte Dinero, y luego decidió unirse al manejo holístico y los MPM.

Pero para Fenton, “en el negocio ovino, el lanero es secundario”. La clave está en hacer una “buena reposición anual (señalada, destete y recría) para mantener una majada joven en lo mejor de su productividad” para poder aprovechar y sacar corderos y/o borregos en el momento justo para aliviar los campos”. En cuanto a la lana, “se requiere tener calidad, presentación y certificación para poder acceder a los valores que lo convierten en un buen negocio”.

“En Tierra del Fuego tuvimos muy buen otoño/invierno, por lo que se espera que los animales no hayan sufrido mucha restricción, lo que beneficiaría un buen rinde de la lana, en tanto que los precios están alcistas en las lanas finas porque están bajos los stocks mundiales y la producción, por lo que económicamente el negocio está bien, va a haber presión alcista de compra debido a la escasez”, contó Sebastián Pechar, fueguino criado en Río Grande, quien advierte que la carne ovina también tiene buen precio.

Distinto fue el comienzo de Mariano Ilarragorri, aunque la pasión es la misma, porque nació en Tapalqué, Buenos Aires, pero su abuelo compró unas tierras en Santa Cruz y se llevó toda la familia para allá. Fallecidos su abuelo y su padre, desde 2016 Mariano les alquila el campo a sus hermanos y a su tía y lo trabaja. Si bien aclara la amplitud de la provincia, estima en su zona una zafra “relativamente normal”, aunque al momento de la charla todavía tenían nieve que les impedía mover las ovejas hasta el galpón de esquila. “Hoy hay que invertir en genética y tecnología porque los márgenes son ajustados y hay que ser muy eficiente”, dijo sobre el negocio, aunque reconoció que los precios están bastante firmes desde 2025.

Futuro: ¿Entusiasmo o preocupación?

“El lanero siempre es optimista, por algo sigue apostando en esta actividad esperando que algunas cosas se acomoden, como los costos de producción que aumentaron más que la ganancia; otro gran desafío es la mano de obra, tenemos que lograr que la gente elija venir a trabajar al campo”, dijo Ilarragorri.

Coincidiendo, pero con bemoles, retruca Anderson: “Por naturaleza soy optimista, pero lamentablemente veo un panorama muy incierto dado que hay muchas variables en las que el productor no puede aflojar: defensa contra predadores, abigeato, superpoblación del guanaco (el descontrol es tremendo), altos costos de producción y despoblamiento de los campos, entre otras cosas”.

Otra pálida llega desde Tierra del Fuego y lo que está pasando con los perros asilvestrados: “Es muy triste, el crecimiento de este problema es exponencial y está llevando a la desaparición de la producción ovina del ecotono fueguino —la zona central—, el desafío es avanzar con políticas de Estado que se ocupen seriamente del tema”, advirtió Pechar.

“Con un poco con tristeza”, lamenta Del Río, “porque no congeniamos para solucionar el tema de los depredadores, está todo muy pensado para conservar guanacos, pumas y zorro colorado, pero no se piensa en el productor, y eso me baja el entusiasmo, no quiere decir que no se pueda seguir peleando, pero bueno…”. El desafío es “seguir modernizándonos para tener una mejor gestión y calidad de lana y carne”.

“Yo mantengo el optimismo, pero con cautela ante la reducción de cabezas ovinas, ya sea por las sequías prolongadas que hemos tenido (aunque este fue un buen invierno) o la competencia desleal de los camélidos (guanacos), aunque hay herramientas que ya se están poniendo en marcha para su control, pero no son aplicables en todos los establecimientos”, aportó Halliday.

Desde otro punto de vista, para Fenton, que hace más de 30 años trabaja como clasificador de lana, “la lana es una fibra increíble que, aunque más cara que las fibras sintéticas, no ha sido igualada y, por sus prestaciones y vida útil, es mejor inversión”. Su entusiasmo también se cimenta en que “los mejores productores tienen conocimiento del diseño de la naturaleza para los pastizales, de la oveja y su ciclo reproductivo, de la producción de carne, cueros y lana de calidad, lo que permite reposicionar la fibra natural en buenos términos de intercambio”.

¿Qué es ser productor lanero?

Según Pechar, ser productor lanero tiene que ver con “Pasión, esfuerzo, trabajo, tesón, rusticidad”. Para Ilarragorri, “tenacidad y constancia”. Para Del Río, “perseverancia y pasión por lo que hacemos”. Halliday es lapidario: “somos una especie en extinción”.

“Las ovejas fueron la punta de lanza del poblamiento y desarrollo de la Patagonia y gracias a ello se arraigaron familias, se poblaron campos, se fundaron pueblos, llegó mano de obra. Además es un recurso renovable, más con el manejo que se puede hacer hoy. Sin embargo, hay algo que no han visto los gobiernos, el productor ovino no es simplemente un cuidador de ovejas. Se trata de personas con arraigo, que aman lo que hacen, que sostienen la cultura ovina y, por sobre todo, que son custodios de la soberanía nacional, más en nuestra provincia donde hay 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado”, se despachó Anderson.

En una misma línea de razonamiento, Echave dice: “Es mi pasión, mi lugar en el mundo, el productor lanero tiene un amor muy especial por el territorio, las raíces y la oveja, que es un animal fantástico”.

Fenton comparte que hoy hay un grupo de productores innovadores que están dispuestos a adaptarse a la ganadería regenerativa, lo cual les abre las puertas a los mercados de carbono, pero también hay productores que están muy golpeados por la realidad de vecinos que cerraron el campo, que no se recuperan de la sequía, y los predadores y el abigeato les dan costos que suben. Estos productores no ven un futuro y están en situaciones muy complicadas.

El ánimo y resultados de un grupo no pasan fácilmente al otro.