Anabella Bianucci todavía habla de Camilo Nuin en presente. Cuenta cómo era de chico, recuerda a sus amigos imaginarios, sus primeros partidos, la obsesión por el fútbol y hasta aquella promesa que le hizo cuando apenas tenía dos años: cuando jugara a la pelota, le iba a comprar un ventilador “así de grande”. Camilo tenía 18 años, era capitán de la Reserva de San Telmo y acababa de enterarse de que iba a subir a Primera cuando se lesionó los ligamentos cruzados.
El 25 de junio de 2025 entró a una clínica de Adrogué para una operación que, según su familia, estaba programada para durar unas dos horas. Era una intervención ambulatoria y la expectativa era volver a casa ese mismo día. Pero Camilo murió durante el procedimiento. “Yo llevé a un hijo sano a una operación de ligamentos cruzados. A las dos horas me iba a reencontrar con mi hijo y a la tarde íbamos a estar en casa”, recuerda Ana.
Desde entonces, su vida quedó atravesada por una pregunta: qué pasó en ese quirófano. La familia inició una investigación judicial que actualmente tramita como una causa por homicidio culposo por mala praxis. El anestesiólogo es, hasta el momento, el único imputado. Ana sostiene que existe una cadena de responsabilidades y reclama que todos los involucrados respondan ante la Justicia.
En esta entrevista con Infobae, esta mamá reconstruye la vida de Camilo, sus sueños como futbolista, el día de la lesión, el recorrido hasta la operación y las horas más difíciles de su vida. También cuenta qué encontró al leer la historia clínica y la autopsia, qué declaró el cirujano y por qué decidió transformar el dolor por la pérdida de su hijo en una pelea por justicia: “No quiero que Cami quede reducido a un expediente. Es mucho más que eso”.
—Ana, gracias por estar acá. Sé que es difícil para vos hablar de esto.
—Gracias a vos por recibirme y por permitirme contar quién era Cami y qué significa esta gran pérdida para nosotros. No quiero reducirlo a un número de expediente o a una causa judicial. Es mucho más que eso.
—¿Cómo está conformada tu familia?
—Yo vivo con Juana, que tiene 16 años y es la hermana de Cami. Estoy separada del papá hace siete años, pero seguimos siendo una gran familia. Ellos iban y venían de la casa del papá, pero en general estaban conmigo. Ahora quedamos Juani y yo.
—¿Cómo eran de chiquitos?
—Mágicos. Se llevaban tres años y tres meses y como todos los hermanos, se peleaban pero tenían mucho cuidado y mucho amor. De hecho, tengo una foto de la primera vez que Juani comió un alimento sólido y se lo dio Cami. Cuando él nació trabajaba, pero cuando estaba embarazada de ella decidí dejar porque trabajaba nueve horas en una farmacia y lo padecía muchísimo. No quería que un tercero me contara los primeros pasos, los primeros cumpleaños de mis hijos, así que cuando Cami salía de la escuela dormíamos la siesta los tres juntos, de hecho, lo hicimos hasta que Cami se fue.
—¿Cómo era Cami de chico?
—¿Qué voy a decir yo, que soy la mamá? Pero desde chico tuvo muy claro qué quería. Siempre fue un gran maestro para mí y lo sigue siendo hoy. Vivió intensamente. Cuando empezó a jugar a la pelota, a los cuatro años, tenía el pelo corte taza y corría por toda la cancha. Tenía ídolos, se presentaba y decía: “Tévez, Carlos”. Le gustaba mucho la música de Alegría, de Cirque du Soleil, y me acuerdo de verlo en el living de casa corriendo como si fuera un gran acróbata. Y ahora de grande le encantaba cocinar, lo veías cortando una cebolla y parecía que estuviera en un programa de cocina.
—¿Tenía amigos?
—Sí, era muy querido. Tenía muchos conocidos y dos grandes amigos: Alex, que era amigo desde jardín y con quien también jugó al fútbol, y Manu. Después de su muerte me llamó muchísimo la atención ver la cantidad de gente que lo quería, en su velatorio había más de 300 personas.
—¿El colegio le gustaba o todo era la pelota?
—Todo era el fútbol. Cumplía con la escuela porque para mí eso no era negociable, pero no le gustaba. Tenía planes de estudiar y antes de la operación estaba averiguando para anotarse en la universidad, quería hacer la Licenciatura en Educación Física. Su prioridad siempre fue jugar al fútbol. Una vez, cuando tenía dos años y pico, hacía muchísimo calor, me dijo: “Mamá, cuando juegue a la pelota te voy a comprar un ventilador así de grande”. Yo me reí y le dije: “No seas rata, comprame un aire”. Pero él tenía clarísimo hacia dónde quería ir, el fútbol era su pasión, era muy disciplinado y responsable.
—¿Cómo fue ese recorrido hasta llegar a San Telmo?
—Empezó en Laureles a los cuatro años, después pasó por una escuelita y por Rayo. Cuando terminó el baby ya se había ido a probar a River y después a Boca, donde quedó. Entró en 2017, tenía diez años y estaba en quinto grado, estuvo dos años y le dieron el pase. Cuando se fue de Boca pocas veces lo vi llorar, porque era hincha fanático. Ese día volvió, se acostó conmigo y lloró. Al día siguiente se levantó y siguió detrás de su sueño.
—¿En qué club estaba cuando se lesionó?
—En San Telmo. Y el día que se rompió los ligamentos, en un entrenamiento, el técnico le avisó que iba a subir a Primera. Él era el capitán de la Reserva. Hay una historia que lo describe perfectamente: un chico que no conozco hizo un posteo contando que había llegado del interior, de Córdoba, que se sentía muy solo y que Cami lo recibió, lo hizo parte y hasta le dio sus botines porque no tenía.
—¿Vos lo ibas a ver jugar?
—De chico sí, pero grande no me lo permitía, era muy celoso. Una vez lo llevé a entrenar con Primera a Ezeiza. Hacía mucho calor, había muchos árboles y yo pensé que podía bajar del auto y caminar. Me dijo: “Te voy a pedir por favor que no bajes del auto”. Le pregunté por qué y me dijo que, si bajaba, no me acercara donde estaban entrenando. Pero unos días antes de la operación nos dijo que, cuando volviera a jugar, no quería que faltáramos a ningún partido.
—¿Cómo se lesionó?
—Estaba parado en un entrenamiento y sintió un tirón. Fuimos al traumatólogo, le pidió una resonancia y ahí apareció que tenía rotos los ligamentos. Cuando el médico lo llamó para darle el resultado de la resonancia Íbamos en el auto, paramos, escuchamos y se hizo un silencio. Llegamos a casa y él se fue a su pieza, creo que fue la tercera o cuarta vez que lo vi llorar en mi vida. Yo me quedé parada en la puerta y pensé en algo que me había dicho unos días antes, cuando se había lesionado. Yo estaba preocupada por lo que había pasado y él me dijo: “Yo esperaba un abrazo”. Como mamá una siempre trata de atajar para que no duela y esto no lo pude atajar. Pero sí recordé sus palabras y fui a abrazarlo.
—¿Cuándo fue la lesión?
—El 12 de marzo. El 13 hicimos la resonancia y fuimos a distintos traumatólogos, hasta que dimos con uno que nos explicó que tenía que operarse. Unos días después lo llamó Chiqui Arias, su técnico que él amaba, y le habló de una alternativa de sanación más holística. Cami no creía en esas cosas, pero lo que él decía era palabra santa, entonces quiso probar, porque le había dicho que podía ayudarlo a volver más rápido a jugar. Al otro día fuimos, era en Colegiales y arrancó esa terapia que era una sanación pránica.
—¿Él dejó de creer en la operación?
—No. Nunca entendió esa alternativa como un reemplazo de la medicina, sabía que la operación seguía siendo necesaria, pero quería volver rápido a jugar al fútbol, tenía 18 años y acababan de decirle que podía subir a Primera, era su sueño de toda la vida. Los chicos dejan muchísimas cosas atrás por ese sueño: viajes de egresados, cumpleaños, reuniones familiares. Cami no fue al viaje de egresados de primaria ni al de secundaria y nunca se quejó, lo hacía con disfrute y responsabilidad.
—¿Cuándo se dan cuenta de que la terapia no estaba funcionando?
—A mediados de mayo empezó a sentir que había cosas que no podía hacer. El técnico le pidió una segunda resonancia porque estaban convencidos de que la rodilla estaba un 80% sanada.
—¿Pero eso cómo lo sabía el técnico?
—Es una de las tantas preguntas para las que quizás nunca tenga respuesta. Cami y yo sabíamos que la operación seguía siendo necesaria. Yo puedo acompañar una terapia para resolver cuestiones de la vida, pero nada reemplaza a la medicina. Hicieron la segunda resonancia, solo para satisfacer a su técnico, porque arroja lo mismo que la primera. Así que él se vuelve a poner en contacto con el cirujano que dispuso el club y bueno, y ahí empiezan las tratativas para operarse. Esto fue a fines de mayo, y el 25 de junio estaba programada su operación.
—¿Cómo estaba él?
—Estaba ilusionado. Después encontré un cuaderno donde tenía que escribir qué cosas esperaba y puso “ver la rodilla sana”. Y abajo, la última frase decía: “ser mejor persona cada día”. Y yo me pregunté por qué, si él era un ser extraordinario, y después entendí con toda esta deshumanización que estoy descubriendo en este camino y con toda la maldad que hay, que solo una buena persona elige ser mejor persona cada día. Tengo los audios del momento en que el médico le avisó la fecha y Cami le agradeció muchísimo, le dijo: “Ahora se lo voy a comunicar a mi familia, que se van a poner muy felices”.
—¿El cirujano es el que propone el club?
—El cirujano es Javier de Franco y la operación fue en la Clínica Espora de Adrogué. Este médico lo atendió una vez en sus consultorios de Temperley, y entiendo que alquila el quirófano. Nosotros habíamos consultado a otros médicos. Uno de ellos, el doctor Villaverde, que había operado a mi sobrino, nos había explicado todo, incluso cuestiones relacionadas con la anestesia, y nos dijo que nos quedáramos tranquilos porque era el dueño de la clínica y tenía a todo su equipo. También presentamos el presupuesto de otro médico, pero el club dispuso al médico que tenían ellos. El presupuesto lo manejó directamente el club. Nosotros conocíamos al cirujano, pero no al resto del equipo
—¿Cómo fue el día de la operación?
—Ese viaje fue increíble. Fuimos Cami, el abuelo, la abuela, el papá y yo. Juani quería venir, pero no entrábamos en el auto porque después iba a volver vendado y con muletas. Hoy lo cuento y parece una despedida, pero en ese momento no lo vivimos así. Fuimos hablando de la infancia de Cami y las anécdotas con sus amigos imaginarios: Damián, Joco, Heile. Una vez nos hizo parar el auto y abrir la puerta porque Damián venía corriendo atrás de nosotros. Fuimos recordando todas esas historias. Yo iba agarrándole el brazo, apoyada en su hombro, y nos reíamos.
—Era una operación ambulatoria, ¿cuánto tiempo tenía que durar?
—Ese día volvía con nosotros. La operación duraba dos horas, empezaba a las siete y a las nueve estaba estipulado que nos íbamos a reencontrar con nuestro hijo. A las 8.20 aproximadamente, Camilo, el papá, me dijo: “Algo pasó”. Había visto a dos personas entrar corriendo. Yo traté de tranquilizarlo porque pensé que dentro había muchos quirófanos y que no necesariamente tenía que ver con Cami. Pero no se quedó tranquilo, caminaba, iba y venía, mientras yo charlaba con la abuela. Tuve nervios en la previa, pero ese día él me transmitió tanta tranquilidad... A las 9.05 nos llamaron.
—¿Y qué pasó?
—Cuando Cami entró, podía acompañarlo una persona y entró el papá, que nos mandó una foto con la bata puesta al revés y nos reíamos. Cuando salieron a las 9.05, pensé que me tocaba entrar a mí, pero nos dijeron: “Pasen los dos”. Entré ilusionada pensando que iba a encontrarme con mi hijo y ahí estaba el cirujano que nos dijo que algo se había complicado, que Cami había entrado en paro. Yo me descompensé, me querían dejar en una camilla y les dije que no, que tenía que ir a buscar a mi hijo.
—Cuando les informan que Camilo había entrado en paro, ¿él ya había muerto?
—Sí.
—¿Y ellos hicieron un acting, vuelven a entrar como si lo estuvieran reanimando?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo después salen?
—Diez minutos. Esta vez el cirujano salió con el anestesiólogo, que me miró y me dijo: “Murió”. Así. Y en ese momento no sé qué me pasó, pedí por favor ver el cuerpo a mi hijo y todavía estaba calentito. Lo abracé, lo besé y le agradecí por esos 18 años maravillosos que me dio, pero como digo siempre, me tiraron al cuarto oscuro de la vida, porque desde ese momento es tremendo lo que se vive. No hay una manera correcta de decirle a unos padres que su hijo murió, pero sí creo que hay una manera humana. Y en este caso no sucedió.
—¿Eso después lo confirmaron ustedes?
—En el momento me di cuenta de que algo había pasado, que algo le había hecho el anestesiólogo. Sin saber siquiera que él era el anestesiólogo, sentí algo por su mirada. No me preguntes cómo explicarlo, pero hubo algo en su forma de decírmelo, en su mirada, que sentí fría y cínica.
—¿Cuando el anestesiólogo les da la noticia más terrible de sus vidas, el cirujano no dice nada?
—No, sólo que estaba a nuestra disposición. Yo casi no recuerdo ese momento, porque con el padre no sabíamos cómo decirles a los abuelos que estaban afuera esperando. Su abuela entró en crisis total, por momentos recuerdo sus gritos y sus llantos. Nos despedimos de Camilo en un pasillo, nos apuraban porque tenían que retirar el cuerpo y yo pedía por favor cinco minutos más. Y hay algo paradójico: terminé agradeciéndole a uno de los responsables de la clínica por haberme dejado esos últimos cinco minutos con mi hijo, cuando yo debería haberme ido con Cami a mi casa.
—¿Camilo no tenía ninguna enfermedad preexistente?
—Un chico súper sano y los estudios prequirúrgicos le habían dado perfectos. Además, para jugar en AFA le hacían estudios todos los años, incluso dos veces al año.
—Ana, ¿cuándo entendiste que tu hijo se había muerto?
—En muchas oportunidades. En ese momento no entendía qué había pasado, nos quedamos hasta la noche en la clínica porque yo no me quería ir sin mi hijo. Finalmente nos fuimos, ese día hacía muchísimo frío y me desmayé en la puerta de la clínica. Lo peor que podía pasar era que me asistieran adentro de la clínica donde le habían arrebatado la vida a mi hijo. Me pusieron oxígeno y le dije al médico que me atendió: “¿Vos sabés que un compañero tuyo mató a mi hijo?”.
—¿Cuando el cirujano les propone hacer una autopsia, creés que se quería cubrir de algo?
—Sí, creo que todos saben lo que pasó en ese quirófano y que hay una cadena de responsabilidades que se están cubriendo entre ellos. El cirujano ya declaró como testigo y, según su declaración, deslindó la responsabilidad en el anestesiólogo.
—¿Qué surgió de la autopsia?
—Surgieron muchas cosas. Cami empezó a ser operado alrededor de las 7.20. Supuestamente, a las 8.15 se detuvo la operación porque había entrado en paro, pero no sabemos qué ocurrió durante ese lapso. Los análisis que le hicieron en el quirófano mostraban un cuerpo totalmente comprometido: los pulmones congestionados, el cerebro, el corazón y los riñones afectados.
—¿A ustedes les avisaron en el momento en que Camilo hizo el paro?
—Yo creo que no. Creo que primero se enteró de la muerte de mi hijo gente del club, por relatos y situaciones que fui conociendo después. Por ejemplo, mi hija estaba en mi casa sin saber nada, pero la noticia de que Cami había fallecido ya circulaba en redes. Incluso me contaron que ese día San Telmo jugaba y que los jugadores del otro equipo les daban el pésame a los chicos sin que ellos supieran nada. Interpreto que, como el cirujano es amigo de un dirigente del club, se lo pudo haber contado y él se lo informtó a la comisión directiva.
—¿Cuándo decidís que necesitás saber qué pasó en ese quirófano?
—Desde el principio. Muchas cosas las entiendo, muchas cosas las sé, pero hay otras que tiene que determinar la Justicia. El papá fue a hacer la denuncia policial y yo llamé a mi hermana que es abogada para contarle que querían hacer autopsia, así que pusimos un médico perito de parte y con eso se inicia toda la investigación. Leí la historia clínica, la autopsia, vi las imágenes. Todo es muy duro. Empecé a investigar. No habían pasado ni dos semanas de la muerte de Cami y yo me pasaba las noches buscando información. Así descubrí que el anestesiólogo tenía una causa previa por mala praxis: un chico que quedó cuadripléjico en la misma clínica.
—¿El cirujano se contactó con ustedes?
—Le escribió dos o tres veces al papá. Yo no tuve contacto con él más allá de aquel momento en que le agradecí por dejarme despedir de Cami. Una vez lo vi en la esquina de la clínica hablando con un dirigente del club. Eso me llamó mucho la atención. No sé si fue intuición, sexto sentido o qué, pero me hizo ruido.
—¿Cómo está hoy la causa?
—Está caratulada como homicidio culposo por mala praxis y está en etapa de instrucción. El anestesiólogo es el único imputado.
—¿El cirujano ya declaró?
—Sí, según su declaración él estaba operando cuando advirtió que había mucho movimiento detrás del telón. Dijo que su ayudante preguntó si estaba todo bien y que el anestesiólogo respondió que no, que estaba todo mal. Entonces detuvieron la operación y cuando se asoma, Camilito ya estaba intubado. Y también dijo que nunca escuchó el sonido de la alarma de que Cami había entrado en paro. Y entre otras cosas, que Martínez Cerana, el anestesiólogo, dijo: “Quédense tranquilos que de acá salimos todos limpios”. La instrumentadora y el ayudante también declararon que no vieron nada.
—¿Por qué no está elevado a juicio todavía?
—Recién ahora tenemos el primer imputado. El 29 de septiembre tenemos la ampliación de la primera junta judicial, que se hizo el 17 de marzo, con algunos puntos que pedimos incorporar.
—¿En algún momento pensaron que Camilo pudo haber tenido un paro por una causa natural?
—No, jamás. Así como tampoco jamás pensé que a mis hijos les pudiera pasar algo. Hay algo más claro: ni siquiera lo pesó ni lo midió, aplicó a ojo y la anestesia fue directamente al torrente sanguíneo. El toxicológico ya tiene resultados y además no quedó registrada en la historia clínica la cantidad administrada, y todo eso forma parte de la investigación.
—¿Creés que debería haber más imputados?
—Creo que el cirujano también tiene responsabilidad. Más allá de quién haya provocado directamente el desenlace, hay una cadena de responsabilidades. También se investigó un posible abandono del quirófano por parte del anestesiólogo. No sabemos todavía si no sonó la alarma, si alguien sabía que él no estaba donde debía estar o qué ocurrió exactamente, por eso pedimos la ampliación de la junta y ya hay pruebas suficientes para seguir avanzando. No estoy diciendo que tengan la misma responsabilidad que la persona que, según nuestra investigación, se llevó la vida de mi hijo, pero estoy convencida de que existe esa cadena. La clínica tiene una responsabilidad porque es donde se alquila el quirófano y donde trabajan las personas que participaron de la operación. También hay organismos y entidades que tienen que controlar, personal trabajando con antecedentes, un Colegio de Médicos que no acciona, una Asociación de Anestesiología que cubre, un Ministerio de Salud y el club.
—¿Se los dijiste?
—Creo que sí. Pero su ausencia y su silencio hablan por sí solos. Hay una frase de Galeano que siempre cito: “Solo los tontos creen que el silencio está vacío”.
—¿Desde el club no se acercaron a ustedes?
—Hubo homenajes, una bandera y ahora, cuando el caso empezó a tener más repercusión, apareció la foto de Cami en una convocatoria de los jugadores de Reserva. Pero cuando hicimos la primera movilización, ningún dirigente de San Telmo me llamó para preguntarme qué había pasado.
—¿Qué sentís cuando pensás en aquel momento en que Camilo, el papá, vio movimiento y entendió que algo pasaba?
—Que ahí empezó todo y terminó todo.
—Si la Justicia hace lo que tiene que hacer, ¿qué sentís que te va a dar un juicio?
—Nada. Eso lo tengo muy claro: nadie me va a devolver ni a mí, ni a mi hija, ni a todas las personas que quedamos destrozadas y derrumbadas después de ese 25 de junio, porque no se llevaron solo la vida de Camilo, se llevaron puesta la vida de todos nosotros. Yo no voy a recuperar la alegría, la paz ni el hogar que tenía, pero sí puedo tener la tranquilidad de que estamos intentando que esto no vuelva a suceder.
—¿Las personas involucradas siguen trabajando?
—Sí, siguen operando en la Clínica Spora y en la IMA de Adrogué. En la declaración del cirujano aparece que, quince días después de la muerte de Cami, el anestesiólogo estaba trabajando en un quirófano lindante y tuvo que pedir asistencia porque otra persona había entrado en paro. Cuando me citaron de Asistencia a la Víctima me preguntaron qué le pediría al juez si lo tuviera enfrente. No voy a mentir: lo primero que dije fue que le quitaran la matrícula. Esas personas no pueden seguir trabajando.
—¿Y qué le dijiste al anestesiólogo cuando te lo cruzaste?
—Que se acuerde bien de la cara de mi hijo todos los días, porque yo no iba a parar hasta que él no estuviese preso.
—¿Confiás en que la Justicia pueda avanzar?
—Confío en la Justicia. Algo que a mi abogado le llama la atención es que soy la primera persona que se sienta delante de él y le dice que confía en el fiscal. Yo confío en el fiscal Carlos Persico.
—¿Hay algo que no hayamos hablado, Ana, que te parezca importante?
—Como te dije al principio: no quiero que Cami quede reducido a un expediente. Creo que hasta que una situación así no nos toca de cerca no somos conscientes y quiero que la gente nos acompañe porque esto no es solamente Camilo. Hay un sistema que tenemos que intentar cambiar. Yo siempre apuesto a la humanización de las prácticas y hoy estoy muy metida porque necesito entender, investigo todo y hay cosas que digo: “Estoy ante una monstruosidad”. Pero quiero dejar algo muy claro: voy a dar batalla hasta el último momento.




