Carolina Farías nació en 1968 y recuerda que el dibujo estuvo presente desde siempre. Con el tiempo, aquella inclinación de la infancia se transformó en formación, oficio y una carrera que lleva décadas. Pero para ella, ilustrar nunca significó solamente hacer imágenes: también implica observar, interpretar y encontrar una manera propia de contar.

“Me gusta que una ilustración no subestime a quien la mira, que no le dé todo resuelto. Me gusta que haya algo para descubrir, para imaginar, para sentir”, explica en una charla con TN.

Esa mirada tiene relación con su propia forma de recordar las historias que la marcaron. Cuando habla de películas como E.T. o Forrest Gump, no se queda solamente con sus argumentos. Lo que conserva son las emociones que le provocaron. “No solamente recuerdo las historias: recuerdo lo que me hicieron sentir”, cuenta.

De Bahía Blanca a trabajar con María Elena Walsh

Después de estudiar en Bahía Blanca, Farías se mudó a La Plata y convirtió el dibujo en una carrera universitaria. Allí profundizó una búsqueda que ya había comenzado durante su infancia y que con los años se transformaría en su identidad profesional.

Carolina hizo su primer trabajo como ilustradora infantil hace 20 años. (Foto: gentileza Carolina Farías)
Carolina hizo su primer trabajo como ilustradora infantil hace 20 años. (Foto: gentileza Carolina Farías)

En 2006 llegó uno de sus primeros grandes trabajos: ilustró Historia de una princesa, su papá y el príncipe Kinoto Fukasuka, de María Elena Walsh. A partir de entonces trabajó para distintas editoriales y participó en proyectos junto a autores como María Cristina Ramos y Paula Bombara, además de realizar colaboraciones vinculadas a Abuelas de Plaza de Mayo.

Su recorrido también la llevó fuera del país. Pero algunas de sus obras más significativas nacieron de experiencias mucho más cercanas.

Una historia familiar que nació del dolor

Cuando su hija Sara atravesaba una adolescencia difícil y sufría bullying, Farías comenzó a dibujar como una forma de canalizar la angustia.

De ese momento nació Chameleon can be, una historia protagonizada por un personaje que intenta ser diferentes cosas hasta descubrir el valor de ser él mismo.

Lo que empezó como una herramienta personal para atravesar una situación dolorosa terminó convirtiéndose en una obra que fue editada en Estados Unidos, traducida al chino y llegó a circular en la Feria de Beijing.

“Fue una gran satisfacción personal haber logrado convertir algo oscuro en algo positivo”, contó sobre aquella experiencia.

La historia terminó reforzando una idea que atraviesa su trabajo: las imágenes pueden acompañar emociones y experiencias que muchas veces son difíciles de explicar con palabras.

Además de ilustrar, Farías hace años que se dedica a la docencia en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Allí acompaña a estudiantes que buscan desarrollar sus propias herramientas para trabajar en el mundo de la ilustración.

Cuando habla con ellos, suele repetir una frase que también resume su propia trayectoria: “Hay mucha más transpiración que inspiración”.

Para Farías, dibujar profesionalmente implica mucho más que tener talento. Hay que trabajar, probar, equivocarse, corregir, investigar y aprender a construir una mirada propia.

También insiste en que un libro ilustrado es un trabajo colectivo. “Un libro ilustrado se construye entre muchas personas”, resume.

Por eso tampoco cree que el estilo personal aparezca de un día para el otro. Es, más bien, el resultado de una búsqueda constante.

Una relación diferente con el tiempo

En una época atravesada por pantallas, videos y estímulos permanentes, Farías reivindica algo que considera propio de los libros: la posibilidad de detenerse.

Pasar una página, volver atrás, observar un detalle o quedarse unos segundos mirando una ilustración construye una relación diferente con una historia. Para ella, no se trata de enfrentar al papel con la tecnología, sino de valorar aquello que el libro todavía puede ofrecer.

Y en esa relación también encuentra una explicación sobre por qué algunas historias permanecen durante años.

No necesariamente son las que lo explican todo. Son aquellas que consiguen despertar algo y dejan un espacio para que el lector complete con su propia imaginación.

Después de décadas de profesión, Carolina sigue buscando justamente eso: llegar al corazón de quien mira sus dibujos.

La nueva entrega donde trabajó Carolina. (Foto: gentileza Carolina Farías)
La nueva entrega donde trabajó Carolina. (Foto: gentileza Carolina Farías)

Ahora llevó esa mirada a la historia de Noé

Su trabajo más reciente parte de un personaje conocido por todos: Noé. Farías ilustró un cuento de Glenys Nellist para Seed & Sparrow que propone una mirada mucho más cotidiana y humana sobre el personaje bíblico.

En lugar de imaginar a un Noé solemne, la ilustradora trabajó sobre sus dudas, distracciones y dificultades para comenzar una tarea gigantesca.

“Noé aparece con una misión enorme, casi imposible, pero al mismo tiempo tiene algo muy reconocible: la dificultad de ponerse a trabajar, de arrancar, de no postergar. Y eso me resultó muy divertido”, explica.

El desafío estuvo en encontrar un equilibrio: sumar humor sin convertir la historia en un chiste y, al mismo tiempo, conservar su profundidad.

En ese proyecto vuelve a aparecer una de las ideas que acompañaron a Farías durante toda su carrera: una ilustración no necesita decirlo todo. Puede sugerir, emocionar y dejar una puerta abierta para que el lector imagine el resto.

Quizás esa sea también la clave de una trayectoria que comenzó con una chica que dibujaba desde pequeña y terminó convirtiéndose en la historia de una profesional que encontró en las imágenes una manera de contar, acompañar y transformar emociones.