Para empezar a observar aves no hace falta viajar a una reserva, ni saber reconocer decenas de especies. Se puede comenzar en la vereda de casa, en una plaza, en el barrio o incluso desde el propio jardín. La clave está en detenerse, mirar y, sobre todo, aprender a escuchar.
Ese fue uno de los mensajes que dejó Germán Roitman , aficionado a la observación de aves, durante un encuentro del Grupo Jardín, donde brindó una charla sobre aves y compartió algunas herramientas y recomendaciones para quienes quieren iniciarse en la observación.

“Hay que empezar por donde uno está”, planteó Roitman durante el encuentro. Las primeras horas de la mañana son especialmente buenas para salir a observar porque es cuando las aves tienen mayor actividad y sus cantos se escuchan con más frecuencia.
Para quien recién empieza, sin embargo, reconocerlas por el canto puede resultar bastante más difícil que hacerlo cuando logra verlas. “Identificar por el sonido lleva tiempo. Hay que entrenar el oído”, explicó. En ese proceso, las herramientas digitales pueden convertirse en una ayuda importante.
¿Cómo se puede saber qué ave está cantando si todavía no se conoce su sonido? Una de las aplicaciones recomendadas durante la charla fue Merlin Bird ID, desarrollada por el Cornell Lab of Ornithology. La aplicación permite identificar aves a partir de fotografías y también mediante sus cantos. Una de sus funciones más interesantes para quienes están comenzando es la posibilidad de activar el registro de audio y dejar que el teléfono escuche lo que ocurre alrededor.
A medida que registra los sonidos, Merlin propone las especies que podrían estar presentes. Así, el teléfono se convierte en una especie de guía de campo que permite empezar a relacionar cada canto con un ave y, con el tiempo, entrenar el propio oído.
¿Y qué pasa con las aves que ya se aprendieron a identificar? Para eso está eBird, también desarrollada por Cornell. La aplicación funciona como una libreta de campo digital donde se pueden registrar las especies observadas, la fecha, el lugar y el recorrido realizado. También permite consultar qué aves suelen encontrarse en determinados sitios, algo útil para saber qué se puede esperar cuando se visita una plaza, una reserva o cualquier otro ambiente.
Otra herramienta mencionada por Roitman fue iNaturalist, cuya versión argentina es ArgentiNat. En este caso, la propuesta es más amplia porque permite identificar organismos a partir de fotografías y no se limita a las aves. También se pueden reconocer plantas, insectos y otros integrantes de la biodiversidad.
De esta manera, una caminata que comienza buscando pájaros puede terminar convirtiéndose en una exploración mucho más amplia del ambiente.

¿Hace falta entonces salir a buscar aves lejos de casa? No necesariamente. Para Roitman, uno de los atractivos de esta actividad es justamente que se puede empezar con lo que se tiene alrededor. Una vereda, un árbol del barrio, una plaza o el propio jardín pueden ser suficientes.
Y hay algo que resulta importante para quienes se entusiasman rápidamente con las listas de especies: “No es una competencia”. La observación de aves también tiene un componente de disfrute y desconexión que vale la pena conservar. Muchas veces se trata simplemente de quedarse quieto unos minutos, escuchar y esperar.
¿Y si en lugar de salir a buscar aves se prepara el jardín para que ellas vengan? Ahí las decisiones de paisajismo empiezan a jugar un papel importante.
La incorporación de flora nativa es una de las principales recomendaciones. Especies que producen frutos carnosos y semillas aprovechadas por las aves locales, como anacahuitas, canelones o murtas, pueden formar parte de un jardín que busque favorecer la biodiversidad.
Pero también es importante saber qué plantas evitar. El ligustro y la piracanta, por ejemplo, producen frutos que son consumidos por las aves, que luego pueden dispersar sus semillas hacia ambientes naturales y contribuir a su expansión.
El alimento, sin embargo, no es lo único que necesitan las aves. También buscan refugio y lugares donde descansar. Por eso, incorporar arbustos perennifolios, que mantienen sus hojas durante todo el año, puede generar espacios de protección y resultar especialmente útil para especies como los picaflores.
¿Y el agua? También puede incorporarse, pero de la manera adecuada. Los bebederos y estanques de poca profundidad pueden ofrecerles un lugar seguro para beber y bañarse.
Hay otro aspecto del jardín que puede hacer una diferencia y que muchas veces pasa desapercibido: los insectos. Una gran cantidad de aves se alimenta de ellos, por lo que eliminar completamente los insectos también significa reducir una fuente importante de alimento. Evitar insecticidas, herbicidas y fungicidas químicos puede favorecer la presencia de aves y de otros organismos que forman parte del ecosistema.

Incluso el césped puede manejarse de otra manera. En lugar de cortar todo el terreno al mismo tiempo, se pueden dejar algunos sectores de pasto más alto y realizar cortes por manchones. De esta forma se mantiene siempre una parte de la vegetación en pie, que puede servir como refugio y favorecer la presencia de insectos.
Entonces, ¿cómo se empieza a observar aves? Quizás de la manera más sencilla: saliendo una mañana, mirando lo que hay alrededor y prestando atención a los sonidos. Al principio aparecerán preguntas. Qué ave es, dónde está, qué está comiendo, por qué canta. Después llegarán las aplicaciones, los libros, las identificaciones y, poco a poco, un conocimiento nuevo del lugar que se habita.
Porque una vez que se empieza a mirar el jardín, también cambia. Un arbusto puede convertirse en refugio, una flor puede explicar la presencia de un picaflor, un sector de pasto puede ser mucho más que un espacio que simplemente necesita ser cortado y un canto que antes pasaba inadvertido puede empezar a tener nombre.
Y quizás ahí esté una de las mejores puertas de entrada al mundo de las aves: entender que no hace falta ir demasiado lejos para descubrirlas. Muchas veces solo hace falta empezar a mirar.



