
El plan fue pensado durante meses. Habían hablado de matar, elegido cómo hacerlo, preparado elementos para ocultar el cadáver y hasta imaginado la manera de pedir dinero de rescate por una víctima que ya estaría muerta. Creían que su inteligencia, su educación y su posición social los colocaban por encima de los demás. Les faltaba solamente encontrar a quién ejecutar.
El 21 de mayo de 1924, Nathan Leopold Jr. y Richard Loeb salieron a buscar una víctima por las calles de Chicago. Tenían 19 y 18 años. Ambos pertenecían a familias adineradas, habían recibido una educación privilegiada y eran considerados jóvenes brillantes. Lo que buscaban no era venganza. Tampoco tenían un conflicto con el chico que terminaría muerto. Querían cometer un crimen y demostrar que podían hacerlo sin ser descubiertos.
Su víctima fue Robert “Bobby” Franks, un adolescente de 14 años que conocían de la zona y que, además, era pariente lejano de Loeb. Fue éste quien consiguió que el muchacho subiera al auto alquilado con una excusa. Una vez dentro, lo golpearon y lo asesinaron. Después llevaron el cuerpo hasta una zona próxima a las vías del ferrocarril, cerca de la frontera entre Illinois e Indiana, y lo escondieron dentro de una alcantarilla.
El homicidio, sin embargo, ya había comenzado a desmoronarse. Junto al cuerpo quedó abandonado un objeto aparentemente insignificante: un par de anteojos que terminarían siendo una de las piezas decisivas de la investigación. Lo que nació como el proyecto de dos jóvenes convencidos de estar diseñando el crimen perfecto se transformaría en uno de los casos policiales y judiciales más famosos de la historia de Estados Unidos.

El 10 de septiembre de 1924, casi cuatro meses después del asesinato, el juez John R. Caverly pronunciaría una sentencia que evitaría que ambos terminaran en la horca. Los condenaría a prisión perpetua por el asesinato de Bobby Franks y a otros 99 años por el secuestro. Pero para llegar hasta allí había que reconstruir cómo dos jóvenes de familias ricas habían decidieron matar por el simple desafío de hacerlo.
Convencidos de ser extraordinarios
Nathan Freudenthal Leopold Jr. había nacido en 1904 en una familia judía de enorme posición económica. Era considerado un muchacho excepcionalmente inteligente y tenía un marcado interés por la filosofía, especialmente por las ideas de Friedrich Nietzsche.
Richard Albert Loeb, de 1905, también era rico. Su padre, Albert, fue vicepresidente de Sears, Roebuck & Company y construyó una importante fortuna. Los dos se conocieron siendo adolescentes y desarrollaron una relación intensa y compleja. Leopold admiraba a Loeb. Lo consideraba superior y estaba dispuesto a hacer prácticamente cualquier cosa para mantener su cercanía. Loeb, por su parte, parecía sentirse atraído por la idea de tener a su lado a alguien que aceptara acompañarlo en sus aventuras y fantasías.
Entre ambos comenzaron a cometer pequeños delitos. Robaban objetos, rompían vidrios, sustraían automóviles y discutían sobre la posibilidad de realizar algo mucho más grande. La idea fue tomando forma alrededor de una expresión que resumía su obsesión: el “crimen perfecto”. Querían demostrar que podían cometer un asesinato sin que nadie descubriera quiénes habían sido los responsables.
La filosofía, las lecturas policiales, el desprecio por las normas y una extraordinaria confianza en sus propias capacidades terminaron mezclándose hasta producir un pensamiento monstruoso. Solo necesitaban una víctima.

Bobby, el elegido
Robert “Bobby” Franks tenía 14 años. Era alumno de la Harvard School for Boys y vivía en una zona acomodada de Chicago. Su familia tenía dinero y pertenecía al mismo ambiente social privilegiado en el que se movían Leopold y Loeb. La tarde del 21 de mayo de 1924, regresaba de la escuela. Leopold y Loeb recorrían las calles en un auto que alquilaron utilizando una identidad falsa. Buscaban un chico que pudieran convencer para subir al vehículo.
Cuando lo vieron, Loeb lo llamó. El adolescente inicialmente dudó. Lo conocía, existía una relación familiar lejana entre ambos. Finalmente aceptó subir. El coche comenzó a andar. En cuestión de segundos, la situación cambió. Loeb atacó a Bobby con un cincel mientras Leopold conducía. El muchacho fue golpeado y murió dentro del vehículo.

Trasladaron su cuerpo hasta una zona previamente elegida. Los asesinos pensaron incluso en ese detalle: necesitaban un lugar donde ocultar el cadáver y continuar con el resto del plan. Lo dejaron dentro de una alcantarilla cercana a las vías del ferrocarril y regresaron a Chicago.
Para entonces ya habían comenzado a ejecutar la segunda parte de su proyecto. La idea era hacer creer a la familia que Bobby había sido secuestrado y que todavía estaba vivo. Entonces, prepararon una nota de rescate. La exigencia fue de 10.000 dólares, una suma considerable para la época. El mensaje explicaba que el chico sería devuelto si su padre cumplía las instrucciones y advertía que cualquier desobediencia podía provocar su muerte.
La nota fue escrita a máquina en una Underwood portátil de Leopold. Pero antes de que la familia pudiera entregar el dinero, el plan empezó a venirse abajo. La mañana del 22 de mayo, un trabajador encontró el cuerpo de Bobby cerca de las vías, en la alcantarilla donde lo habían dejado. La familia recibió la noticia cuando todavía intentaba cumplir las instrucciones de los supuestos secuestradores. Ya no había rescate posible.

La policía empezó entonces a buscar al responsable de un crimen que, en principio, parecía diseñado para desconcertar a los investigadores. Pero surgió un problema para los asesinos. Dejaron una pista. Junto al cuerpo aparecieron unos anteojos. Bobby tenía buena visión y su familia aseguró que no los utilizaba. Entonces, los pesquisas intentaron determinar a quién pertenecían.
El modelo tenía unas bisagras particulares y había sido comercializado por un único distribuidor en Chicago. Se vendieron muy pocos pares. Uno de ellos a Nathan Leopold. La explicación que dio el joven no resultó convincente. Después apareció otra pista: la escritura del sobre de la nota de rescate podía relacionarse también con él. Y el coche que los jóvenes usaron empezó a formar parte de la investigación.
Leopold y Loeb intentaron sostener una coartada. Pero las piezas no encajaban. La policía descubrió que la historia que habían contado no se sostenía. Y la investigación avanzó sobre ellos hasta que finalmente fueron interrogados por separado. Primero habló Loeb y confesó. Pero responsabilizó a Leopold por el asesinato. Cuando éste lo supo, también terminó admitiendo su participación.
Y entonces apareció una de las características más llamativas del caso: ambos intentaron atribuir al otro el papel de homicida. La policía ya no tenía dudas. Los jóvenes ricos que pretendían demostrar que podían cometer un crimen perfecto terminaron descubiertos.
El país frente a un crimen sin sentido
La historia provocó estupor. No se trataba de delincuentes habituales ni de hombres desesperados por dinero. Eran jóvenes de familias ricas, educados y con un futuro aparentemente asegurado. Además, la víctima también pertenecía a ese círculo privilegiado. Y el móvil resultaba todavía más perturbador. No habían matado a Bobby por dinero. El rescate era parte del plan. El verdadero objetivo fue demostrar que podían asesinar y escapar.
El caso comenzó a ocupar las primeras páginas de los diarios y rápidamente trascendió Chicago. La sociedad estadounidense quedó atrapada por una pregunta difícil de responder: ¿qué podía llevar a dos jóvenes privilegiados a matar a un chico de 14 años sin tener un motivo personal? La fiscalía tenía una respuesta sencilla. Debían morir.
El fiscal del condado de Cook, Robert E. Crowe, reclamó la pena de muerte. Pero la defensa tenía a uno de los abogados más famosos de Estados Unidos, Clarence Darrow, quien era consciente de que un juicio con jurado podía terminar con los dos jóvenes en la horca.
La evidencia era devastadora. Habían confesado, la policía halló los lentes de uno de ellos, tenían pruebas relacionadas con la máquina de escribir con la que escribieron la nota del rescate. La coartada se había derrumbado. Por eso el letrado tomó una decisión extraordinaria: sus clientes se declararían culpables. La cuestión quedaría en manos del juez Caverly. El objetivo, evitar la pena de muerte.

El procedimiento se transformó así en una extensa audiencia destinada a determinar la condena. La defensa presentó numerosos especialistas para intentar explicar la conducta de los jóvenes a partir de factores psicológicos y biológicos. La fiscalía, en cambio, insistió en la brutalidad del crimen y pidió la máxima pena. Durante semanas, el tribunal escuchó argumentos sobre la personalidad, la inteligencia, la educación y el estado mental de Leopold y Loeb.
Pero el momento culminante llegó con Darrow. El abogado habló durante unas 12 horas, distribuidas en tres jornadas, en una de las defensas más célebres de su carrera. No negó el crimen ni intentó convencer al juez de que Bobby Franks no fue asesinado por sus clientes. Su objetivo era convencerlo de que matarlos tampoco solucionaría nada. Darrow cuestionó la pena de muerte y puso el foco en la edad de los acusados. Leopold tenía 19 años y Loeb, 18. Eran jóvenes, sostuvo, y todavía podían cambiar. Buscaba transformar la sentencia de muerte en una condena que los mantuviera encerrados durante el resto de sus vidas.
El 10 de septiembre de 1924, el tribunal volvió a reunirse. La expectativa era enorme. Afuera del edificio se había congregado una multitud. Dentro de la sala estaban los acusados, sus familias, sus abogados, los funcionarios judiciales y los periodistas. El juez John R. Caverly comenzó a leer su decisión. No encontró circunstancias atenuantes en la naturaleza del crimen. Tampoco consideró que hubiera algo particularmente favorable en la personalidad o en los antecedentes de los acusados. El crimen había sido, para él, atroz.
Pero había un elemento decisivo: la edad. Caverly explicó que los acusados eran muy jóvenes y que en Illinois no existía un antecedente que justificara imponer la pena de muerte a menores que se hubieran declarado culpables. Finalmente pronunció la sentencia. Nathan Leopold Jr.: prisión de por vida por el asesinato y 99 años por el secuestro. Para Richard Loeb repitió lo mismo. No habría horca, tampoco libertad.
La decisión fue recibida como una victoria por Clarence Darrow y resultó derrota para quienes habían exigido la pena máxima. El fiscal Crowe consideró que la muerte era el único castigo que podía realmente atemorizar a un asesino. El juez, otra cosa. Para él, la prisión perpetua podía convertirse en un castigo incluso más severo.
El final de los asesinos
Leopold y Loeb fueron enviados a prisión. Pero sus destinos fueron diferentes. Richard no llegó a cumplir siquiera doce años de condena. El 28 de enero de 1936 fue atacado por otro interno en la prisión de Stateville, en Illinois y murió a los 30 años.

Nathan permaneció encerrado mucho más tiempo. En la cárcel estudió, participó en programas educativos y trabajó en distintas tareas. Con los años, su comportamiento fue considerado satisfactorio como para que pudiera acceder a la libertad condicional. Salió de prisión en 1958, después de 34 años de encierro. Se trasladó a Puerto Rico, donde trabajó en distintos proyectos y continuó con actividades relacionadas con la educación y la medicina. Murió el 29 de agosto de 1971, a los 66 años, por complicaciones cardíacas relacionadas con la diabetes.
La historia de Leopold y Loeb quedó instalada en la cultura estadounidense. El caso inspiró libros, películas y obras de teatro. La idea de sentirse superiores había comenzado como una fantasía intelectual y terminó con un chico de 14 años muerto y las vidas de sus asesinos destruidas. La expresión “crimen perfecto” quedó asociada a ellos, aunque el caso demuestra precisamente lo contrario.




