Hace 255 años se creaba el oficio de cartero en Buenos Aires: el 14 de septiembre de 1771, Bruno Ramírez realizó por primera vez el reparto de correspondencia

En 1771, Buenos Aires era una ciudad pequeña y las comunicaciones con otras regiones eran lentas y difíciles. Las cartas podían tardar semanas o meses en llegar después de recorrer largas distancias mediante viajes a caballo y otros medios de tracción a sangre, por caminos que muchas veces presentaban grandes dificultades. El correo ya conectaba Buenos Aires con distintos puntos del territorio, pero su tarea terminaba en la oficina postal.

No existía un servicio regular de entrega a domicilio. Para saber si había llegado una carta a su nombre, el destinatario debía acercarse personalmente a la oficina de correos y retirarla allí. De modo que, después de todo el recorrido que había hecho una correspondencia, todavía faltaba un último tramo: llevarla desde el correo hasta la casa de quien debía recibirla.

Eso comenzó a cambiar en 1771. Domingo de Basavilbaso impulsó la creación del servicio de carteros y el elegido para inaugurar esa tarea fue Bruno Ramírez, un sevillano que el 14 de septiembre prestó juramento ante el gobernador Juan José de Vértiz. Desde entonces, alguien tendría por primera vez en Buenos Aires la tarea de recorrer la ciudad para llevar las cartas directamente a sus destinatarios.

Un cartero porteño trasladando un saco de correspondencia frente a la fábrica textil de Adrián Prat, Buenos Aires, año 1912 (Archivo General de la Nación)

Cuando el correo todavía estaba organizándose

Antes de que existiera el reparto de correspondencia a domicilio, Buenos Aires ya formaba parte de una red de comunicaciones que unía la ciudad con otros puntos del territorio. En 1748 comenzó a funcionar una ruta regular hacia Potosí, que permitía trasladar correspondencia entre el Río de la Plata y el Alto Perú. El recorrido se hacía por etapas y las postas permitían a los correos descansar y continuar con otros caballos, entonces usados como transporte.

Esos trayectos podían extenderse por largas distancias y dependían de las condiciones de los caminos, de los animales disponibles y de los puntos de descanso establecidos a lo largo de la ruta. La correspondencia viajaba en manos de correos encargados de cubrir determinados tramos. Para 1771, el visitador Alonso Carrió de la Vandera recibió además instrucciones para intervenir en la organización de las postas del recorrido entre Buenos Aires y Potosí.

En ese tiempo, la oficina postal de Buenos Aires funcionaba como un punto de recepción y despacho de correspondencia donde se concentraban las cartas que llegaban desde otros destinos y desde allí partían las que debían continuar hacia otras ciudades. El sistema estaba pensado principalmente para trasladar la correspondencia entre distintos puntos, no para distribuirla dentro de la ciudad.

Por eso, una vez que una carta llegaba a Buenos Aires, quedaba pendiente una tarea que el servicio todavía no cubría. Los vecinos debían apersonarse a la oficina para averiguar si habían recibido correspondencia y, entonces, retirarla. No había un empleado destinado a recorrer las calles con las cartas recibidas ni un sistema regular de entrega en los domicilios.

La creación de la actividad del cartero modificó la organización del correo. Por primera vez, una persona tenía asignada la responsabilidad de sacar las cartas que esperaban en la oficina, localizar a sus destinatarios y completar la entrega dentro de Buenos Aires mano a mano. Y para ocupar ese puesto fue elegido Bruno Ramírez.

Un cartero de la ciudad de Buenos Aires vaciando un típico buzón, a principios del siglo XX, cuando el servicio postal consolidaba su modernización urbana (Revista Caras y Caretas)

El hombre que comenzó a repartir las cartas

Aunque Bruno Ramírez fue el primer cartero, es poco lo que se sabe de su vida antes de llegar al correo de Buenos Aires. Los documentos conservan principalmente información sobre su nombramiento, su origen sevillano y su breve paso por el nuevo puesto. No hay una biografía extensa que permita reconstruir quién era o cómo había sido su vida previa. Pero su importancia histórica quedó ligada a la tarea concreta de ser el primero en ocuparse de llevar las cartas desde la oficina postal hasta los domicilios de sus destinatarios.

El nombramiento fue dispuesto en septiembre de 1771 y el 14 de ese mes, Ramírez prestó juramento ante el gobernador Juan José de Vértiz y asumió formalmente el cargo. Su tarea era entregar las cartas que permanecían en la oficina de correos a las personas a las que estaban dirigidas. Para hacerlo, tenía que recorrer Buenos Aires, localizar a los destinatarios y llevar cada correspondencia hasta su domicilio.

Ramírez no cobraba un sueldo fijo. Recibía medio real por cada dos cartas entregadas a una misma persona. El sistema era todavía sencillo y el nuevo oficio tenía una remuneración ligada directamente a la cantidad de correspondencia distribuida.

Ramírez permaneció en ese cargo alrededor de un año y luego regresó a España. Su sucesor, Pedro Veiras, recibió una asignación fija de diez pesos fuertes, equivalente a 80 reales españoles, una diferencia que muestra que el puesto comenzaba a incorporarse de manera más estable a la organización postal.

Aunque no hay imágenes de Bruno Ramírez, quedó una estampilla que lo recuerda como el primer cartero de Buenos Aires

El oficio que continuó creciendo

En paralelo con el crecimiento de Buenos Aires, el correo fue ampliando su organización. En 1826, durante el gobierno de Bernardino Rivadavia, se creó la Dirección General de Correos, Postas y Caminos, que reunió distintas funciones vinculadas con las comunicaciones y el transporte terrestre. El servicio dejó de depender de una estructura reducida y comenzó a integrarse en una administración más amplia.

Los cambios también alcanzaron la distribución. Durante el siglo XIX se instalaron buzones, se fijaron normas para los carteros y se modificaron las formas de transportar la correspondencia. La llegada del ferrocarril permitió acelerar los recorridos entre distintas localidades y redujo la dependencia de los antiguos viajes usando caballos. El correo se adaptaba así al crecimiento de las ciudades y a la expansión de las comunicaciones.

Entre quienes trabajaron en el servicio estuvo Domingo French. En 1802 fue designado entregador de pliegos y en 1806 pasó a desempeñarse como auxiliar de correos. Durante los días de mayo de 1810 participó activamente en las movilizaciones que acompañaron la caída del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y la formación de la Primera Junta.

Pablo Balcarce, cartero afrodescendiente de la ciudad de Buenos Aires, en 1912 (Archivo General de la Nación)

Junto con Antonio Beruti intervino en la movilización de vecinos y en la identificación de los partidarios del movimiento revolucionario. Su paso por el correo muestra también que, antes de 1810, la distribución de correspondencia ya formaba parte de las actividades habituales de Buenos Aires.

Las cartas siguieron ocupando un lugar central en las comunicaciones durante buena parte del siglo XX. Hacia fines de la década de 1990, el correo argentino todavía movilizaba cientos de millones de piezas por año, aunque la expansión del correo electrónico comenzó a reducir el volumen de correspondencia escrita. El trabajo de los carteros también se amplió y pasó a incluir documentos, facturas, publicaciones y distintos tipos de envíos.

La distribución a domicilio continuó siendo una función habitual del servicio postal durante más de dos siglos. Cambiaron los medios de transporte, las formas de organización y los tipos de correspondencia, pero el cartero mantuvo la misma tarea básica: llevar un envío desde el sistema postal hasta la dirección indicada. En la Argentina, el 14 de septiembre quedó establecido como el Día del Cartero en recuerdo de aquella primera designación de 1771 y el nombre de Bruno Ramírez quedó para siempre ligado al oficio.